Llega un poco tarde, esto debería haber salido ayer, Lunes 25 de Febrero de 2008. Pero como reza el dicho... mas vale tarde que nunca. Esperamos que esto les guste. Es nuestra humilde forma de rendirle homenaje a un grande entre los grandes, José de San Martín.
(Extraído del sitio del Instituto Nacional Sanmartiniano)
SUS GRANDES RENUNCIAMIENTOS - Horacio José Timpanaro (1928-1990)
La
vida de José de San Martín estuvo jalonada por una sucesión de
renunciamientos. Renunció a la gloria que los pueblos otorgan a los
guerreros victoriosos; al poder que aspiran los hombres públicos y a la
riqueza que buscan alcanzar los hombres comunes.
AL EJÉRCITO ESPAÑOL
San
Martín cumplió en España una destacada carrera militar. Fue admitido de
cadete en el Regimiento de Infantería Murcia “El Leal” en 1789, cuando
apenas contaba doce años. En 1793 obtuvo su primer ascenso al grado de
segundo subteniente y, nueve meses más tarde, fue designado primer
subteniente. Alcanzó la segunda tenencia en 1795 y, a fines de 1802,
fue ascendido como segundo ayudante del Batallón Voluntarios de Campo
Mayor “El Incansable”. En noviembre de 1804 fue promovido a capitán
segundo y cuatro años después obtuvo el grado de teniente coronel de
caballería: tenía entonces treinta años de edad. En 1811, después de 22
años de distinguidos servicios en el ejército español, renunció a
continuar su brillante carrera no obstante ser americano, y solicitó su
retiro para sumergirse en la apasionante perspectiva de la revolución
americana. Se marchó pidiendo, solamente, el uso del uniforme de
retirado y el fuero militar, este oficial antiguo y de tan buena
opinión como ha acreditado principalmente en la presente guerra (de la
independencia española), pues ha servido bien los 22 años que dice y
tiene méritos particulares de guerra que le dan crédito y la mejor
opinión. Así, con el citado reconocimiento de sus superiores, sin uso
de las franquicias que otorgaba el montepío militar, dejó España, a la
que no volverá a ver.
A LA VIDA FAMILIAR
Al
abandonar la península también renunció a permanecer cerca de su madre,
ya anciana y de su hermana María Elena. El destino lo llama desde lejos
y allá va, a América, a cumplir con su misión. Años más tarde, al
iniciar la campaña de los Andes en 1817, debió separarse de su joven
esposa y de su pequeña infanta mendocina, quienes dejaron las
acogedoras tierras Cuyanas cuando él se internó en los pasos
cordilleranos para llevar la libertad a Chile. Renunció a permanecer
cerca de su familia, a gozar de los momentos gratos con sus seres
queridos y, por último, a atender a su esposa durante su fatal
enfermedad.
AL PODER POLÍTICO
“Prometo
a nombre de la independencia de mi patria, no admitir jamás mayor
graduación que la que tengo, ni obtener empleo público y, el militar
que poseo, renunciarlo en el momento en que los americanos no tengan
enemigos.” Estas palabras fueron dichas en 1816, mientras preparaba el
Ejército de los Andes. Por eso, el 26 de febrero de 1817, rechazó el
grado de brigadier que le otorgó el Gobierno de las Provincias Unidas
después del triunfo de Chacabuco y tampoco aceptó el mismo grado
concedido por el Gobierno de Chile, a quien contesta: “este superior
Gobierno ha querido recompensar mis cortos servicios por la libertad
del país con el empleo de brigadier. Sin embargo, para que esta
resistencia no se interprete a desaire, me honraría el grado de
coronel.” En conocimiento de que el Congreso y el Director Supremo de
las Provincias Unidas, de las que emanaba su autoridad, fueron
disueltos después de la batalla de Cepeda -en la que Rondeau fue
vencido por los caudillos del litoral- San Martín creyó que era su
deber manifestar esta situación al cuerpo de oficiales del Ejército de
los Andes, para que por sí nombren al jefe que debía mandarlos. ¿Pueden
considerarse como un renunciamiento los acontecimientos de Rancagua, de
abril de 1820? Si nos atenemos al texto de la nota de San Martín a Las
Heras, del 26 de marzo, el Libertador dejó librado a los oficiales del
ejército la elección del nuevo jefe. Esa oficialidad manifiesta, en el
Acta del 2 de abril, que consideraba nulo el fundamento y las razones
que se esgrimían, “pues la autoridad del general (San Martín), que la
recibió para hacer la guerra, no ha caducado ni puede caducar porque su
origen, que es la salud del pueblo, es inmutable.” San Martín estaba
convencido que la pasión del mando es, en general, lo que con más
empeño domina al hombre. (Bruselas, 2 de junio de 1827). Podemos decir
con Mitre que San Martín “mandó, no por ambición, sino por necesidad y
por deber, y mientras consideró que el poder era en sus manos un
instrumento útil para la tarea que el destino le había impuesto”.
Abdicó al mando supremo en el Perú y transfirió el poder al Congreso
General Constituyente por él convocado, puesto que “la presencia de un
militar afortunado (por más desprendimiento que tenga) es temible a los
Estados que de nuevo se constituyen” (Pueblo Libre, 20 de setiembre de
1822). Con este gesto de sublime renunciamiento, San Martín se despojó
voluntariamente del mando y entregó al pueblo el ejercicio total de la
soberanía y, sellando la actitud consciente de su misión, dijo: “si
algún servicio tiene que agradecerme la América, es la de mi retirada
de Lima.” Por grandes que fueran sus renunciamientos al poder, es mayor
su dejación en Guayaquil y su posterior retirada del Perú. Es de
espíritus superiores renunciar a sí mismo y dejar que otro continúe la
labor libertaria: “tiempo ha que no pertenezco a mi mismo, sino a la
causa del continente americano” (Lima, 19 de enero de 1822). El 17 de
julio de 1839, Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires y
encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina,
nombró a San Martín ministro plenipotenciario ante el Gobierno de la
República del Perú, deseando dar al gobierno de esa república una
prueba inequívoca de los ardientes votos que animan a la Confederación
de estrechar relaciones de confraternidad sincera, bajo bases honrosas
y de justa reciprocidad. Sin embargo, el 30 de octubre de ese año, el
Libertador, desde Grand Bourg, renuncia al ofrecimiento y contesta: “si
sólo mirase mi interés personal, nada podría lisonjearme tanto como el
honroso cargo a que se me destina. El clima es el que más podía
convenir para su salud; volvería a un país cuyos habitantes le dieron
pruebas de afecto desinteresado y su presencia podía facilitar el cobro
de los atrasos de su pensión, ya señalada por el Congreso peruano.
Pero
faltaría a su deber si no manifestara que enrolado en la carrera
militar desde los doce años, ni mi educación e instrucción las creo
propias para desempeñar con acierto un encargo de cuyo buen éxito bien
puede depender la paz. No obstante si una buena voluntad, un vivo deseo
de acierto y una lealtad, la más pura, fuesen sólo necesarias para el
desempeño de tan honrosa misión, es todo lo que podría ofrecer para
servir a la República.
A LOS BIENES MATERIALES
¿A
qué riquezas puede aspirar un estoico, como el hombre que dijo a los
habitantes de Lima: “los soldados no conocen el lujo, sino la gloria”?
San Martín renunció a ocupar la casa que le tenía preparada el Cabildo
de Mendoza cuando por primera vez llegó a esa ciudad para desempeñar el
cargo de Gobernador-Intendente; al mismo Cuerpo municipal no le aceptó
que le abone la diferencia de sueldo que voluntariamente dejaba de
percibir, no obstante las necesidades que tenía. En tiempo de
dificultades, el prócer vivía con la mitad del sueldo asignado.
A VIVIR EN SU PATRIA
Tampoco
quiso aceptar los 10.000 pesos oro que el Cabildo de Santiago le
obsequió después de Chacabuco, suma que destinó para la creación de la
Biblioteca Nacional de Chile. Rechazó el sueldo que tenía señalado como
general en jefe del Ejército de Chile y devolvió una vajilla de plata
que le habían obsequiado. Terminada la campaña emancipadora, vivió
durante breve tiempo en Mendoza dedicado a labores campestres en su
chacra. Retenido en Cuyo, sufrió con dolor no estar junto al lecho de
muerte de su esposa. Llegó a Buenos Aires después de la muerte de
Remedios: tomó a su pequeña hija y se embarcó para Europa. Cuando, en
1829, quiso regresar al país, no desembarcó en el puerto de Buenos
Aires. Desde la rada siguió viaje a Montevideo y nuevamente a Europa,
para no volver con vida a su patria. Regresaron sus restos, treinta
años después de su muerte, cuando las pasiones tumultuosas habían
acallado.
El Libertador nunca olvidó su
tierra natal: en el último testamento expresó el deseo de que su
corazón fuese depositado en Buenos Aires.
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