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"Chuang Tse vivió en el siglo III AC., maestro esoterista del taoísmo y partidario de los pensamientos de Lao Tse". El
influjo del Cielo, ejerciéndose continuamente, produce todos los seres.
El influjo del Hombre Verdadero, propagándose uniformemente, hace que
todo se le someta. El que intuye el influjo del Cielo, que está en
relación con los Hombres Verdaderos, el que reconoce la virtud
irradiada por el Emperador, sabe concentrarse en la paz meditativa del
no actuar, por el cual todas las cosas alcanzan cumplimiento. La paz
meditativa del Hombre Verdadero no es producto de una habilidad
específica, no es lo que el mundo llama actividad: proviene de la
actitud profunda de su ser, cuyo equilibrio nadie puede perturbar.
Cuando el agua está perfectamente tranquila yace límpida y refleja
hasta los pelos de la barba y de las cejas de quien se mira en ella. No
hay nada que busque más el equilibrio y el reposo que el agua; y por
eso es con agua con lo que se mide el nivel (por el nivel de agua). El
agua obtiene de la inmovilidad su nitidez, y así también lo hace el
espíritu vital. El corazón del Hombre Verdadero, perfectamente calmo,
espeja el universo que a su vez refleja al Cielo y a la Tierra y a
todos los seres. Paz, vacío, silencio y no actuar son la esencia
del universo, la perfección del influjo del Principio. Los Emperadores
iluminados y los Hombres Verdaderos de la antigüedad conocieron este
influjo a través del cual realizaron lo Incondicionado, penetrando en
la verdad de las leyes universales. No interviniendo ellos mismos,
dejando los cuidados de lo particular a los gobernadores, estaban
exentos del placer y de los afanes, y podían encaminarse por el camino
de la inmortalidad. Paz, vacío, silencio y no actuar son la raíz
de todas las cosas. La intuición de esta verdad constituye la virtud de
un Emperador como Yao y de un ministro como Sciun. Quien ha comprendido
esta verdad puede reinar como Emperador sobre el destino de los
hombres, y como Hombre Verdadero sobre los espíritus de los hombres.
Viva como anacoreta o ejecute una función entre los hombres, su virtud
será reconocida, los hombres se volverán espontáneamente a él. Del
no actuar surgen las meditaciones de los Hombres Verdaderos y las
acciones de los grandes Emperadores; no intervenir asegura el honor;
dedicarse a lo puro y a lo simple eleva sobre todas las cosas.
Comprender la naturaleza del influjo del Cielo y de la Tierra, que es
un no intervenir benévolo y tolerante, he allí la "Gran Raíz", el "Gran
Origen", el concordar con el Principio. Practicar una no-intervención
análoga en el gobierno del Imperio, he allí el secreto del acuerdo con
los hombres. Y la armonía entre los hombres es la gloria humana, la
felicidad de aquí abajo; la armonía con el Cielo es la gloria celeste,
la beatitud suprema. ¡OH Gran Ejemplo mío, Tú que destruyes todas
las cosas sin ser cruel! ¡Tú que vivificas sin ser bueno! ¡Tú que
fuiste antes del tiempo y no tienes edad! Tú que cubres todo como el
Cielo, que sostienes todo como la Tierra, que eres el autor de todo sin
tener una habilidad específica. Por eso está dicho: "Aquel que en vida
conoce la alegría celeste, actúa como el Cielo, y a su muerte padecerá
solamente modificación del elemento físico; sin obrar comunica al Yin la modalidad pasiva, obrando comunica al Yang
la modalidad activa: ¡He aquí la suprema beatitud! El iluminado
poseedor de esta beatitud no se lamenta ya con el Cielo, no posee
ningún resentimiento contra los hombres; nada físico puede herirlo,
está al abrigo de cualquier influencia. Su acción se confunde con la
del Cielo, su reposo con el de la Tierra. Las influencias errantes no
lo atormentan, las fuerzas inferiores no penetran su intimidad. Su
equilibrio le gana la soberanía sobre la creación." Proseguir el
camino del Principio, en el Cielo y en la Tierra, en todos los seres,
tal es la celeste alegría. Esta felicidad es el secreto del corazón del
Hombre Verdadero, cuya influencia benéfica se expande por todo el
Imperio. Fieles imitadores del Principio, y de su influjo por el
Cielo y por la Tierra, los iluminados Emperadores de la antigüedad se
ocupaban del no hacer, y dejaban la acción a sus súbditos. Sin
intervenir regían el Imperio, sin gastar su energía vital: si hubieran
recurrido a la acción, toda su energía habría sido inadecuada para el
fin propuesto. El conocimiento de los Emperadores antiguos abrazaba el
universo entero, sin necesidad de conocer analíticamente las cosas. A
pesar de que su capacidad hubiera resuelto todos los problemas, no se
servían de ella. El Cielo no da el nacimiento a los seres, y sin
embargo ellos nacen. No es la Tierra la que hace crecer a los hombres,
y sin embargo crecen. Así el Emperador, no actuando, prospera a sus
súbditos. Por eso está dicho: "Nada hay más misterioso que el Cielo,
nada más inagotable que la Tierra, nadie es más grande que el Emperador
iluminado". Y también se nos ha trasmitido: "La virtud del Emperador lo
iguala al Cielo y a la Tierra". Su influjo, indefinido como el del
Cielo y el de la Tierra, actúa en todos los seres, mueve a los humanos.
La esencia está en la raíz, lo accidental en las ramas. El Emperador
enuncia los principios, sus ministros los aplican a los casos concretos. Recurrir
a las armas, que es la más baja forma de intervenir, a los castigos y
las recompensas, que son la más baja forma de la educación, al
ceremonial y a las leyes, que son la más baja forma de gobierno, a la
música y a los vestidos, que representan la más baja forma de la
felicidad, a las danzas, las nupcias, los funerales y a las demás cosas
que tanto ocupan a los Confucionistas, no son sino particularidades que
el Emperador deja establecer a sus oficiales. No se debe sin
embargo pensar que los antiguos ignoraban el estudio de lo particular:
se dedicaban a ello, pero no permitían que tal estudio precediera al de
lo esencial. Existe de hecho un orden natural fundado en la relación
recíproca entre el Cielo y la Tierra y en el movimiento cósmico. El
soberano es superior al ministro; el padre a los hijos; los
primogénitos son superiores a sus hermanos; los viejos a los jóvenes,
el hombre a la mujer; el marido a la esposa; y esto porque el Cielo es
superior a la Tierra. Consideremos las estaciones y notemos que la
primavera y el verano preceden al otoño y al invierno. Todo ser pasa
por fases sucesivas de vigor y de decadencia, lo que es dictamen del
movimiento cósmico; y por eso desde tiempo inmemorial los ancestros
preceden a todos los demás. En las aldeas los ancianos son venerados;
en los negocios nos sometemos al más sabio. Tal es el orden que
desciende del Principio: faltar a él equivaldría a no tener en cuenta
al Principio. En la antigüedad, en conformidad con el Principio,
lo primero que se consideraba era el modo de obrar del Cielo y de la
Tierra; de este binomio se sacaban las nociones del deber y de la
equidad, después las relativas a las funciones públicas,
consecuentemente las forma y los nombres. A continuación venían las
nociones referentes a las ocupaciones según la capacidad de cada uno,
la discriminación de lo justo y de lo injusto, finalmente las
recompensas y los castigos. Los sabios y los hombres comunes tenían
deberes propios particulares; el noble y el humilde ocupaban sus
respectivos puestos en la sociedad. Y estando los hombres cualificados
y los mediocres, cada uno, llevado de sus propias tendencias, fue
necesario establecer una distinción entre las capacidades, y adoptar
una nomenclatura adecuada. Y por tal motivo fue escrito: "Donde hay una
forma, hay también un nombre". De esta manera, los mejor cualificados
servían al Emperador asegurando la prosperidad de los súbditos, a los
que educaban con el ejemplo sin constricción alguna, obedeciendo el
modo de obrar del Cielo y de la Tierra. Tal era la edad de la paz
absoluta, del gobierno perfecto. Los antiguos poseían en verdad
las formas y los nombres, pero no les daban la preeminencia; no se
fantaseaba, no se discutía de ello, como hacen los sofistas hodiernos.
Era necesario atravesar cinco fases para llegar a las formas y a los
nombres, y superar otras cuatro para tratar de las recompensas y de los
castigos. Se buscaban entonces todas las soluciones en las
raíces, en el origen, en el Principio que lo abarca todo. Y así,
considerar las cosas de lo alto constituía la superioridad de aquel
gobierno; mientras que pasar directamente a las formas y a los nombres
equivale a perderse en las particularidades - como hacen los sofistas
contemporáneos -, es de nuevo ignorar su origen. Los que
argumentan en sentido contrario no hacen sino invertir el procedimiento
para llegar al conocimiento del Principio: sería mejor que se dejaran
guiar por otros antes que pretender gobernar. Pasar directamente
a las formas y a los nombres, a los castigos y las recompensas,
equivale en verdad a tomar la parte instrumental del gobierno, no a
conocer su principio; no se destina sino a los que tienen conocimientos
limitados; puede valer para los administradores, pero no sirve para
regir el Imperio. De hecho las ceremonias y las leyes por supuesto
existían entre los antiguos: habían sido dispuestas por los gobernantes
para utilidad de los súbditos, pero ciertamente no se contaba con ellas
para asegurar la prosperidad. |