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¿CUAL PIEDRA PRIMERO? |
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Cierto
día, un motivador experto estaba dando una conferencia a un grupo de
profesionales. Para dejar en claro un punto utilizó un ejemplo que los
profesionales jamás olvidarán.
Cuando
el jarro estaba lleno hasta el tope y no podía colocar más piedras
preguntó al auditorio:
Entonces
dijo: ¿Están seguros?, y sacó de debajo de la mesa un balde con piedras
pequeñas de construcción. Echó un poco de las piedras en el jarro y lo
movió haciendo que las piedras pequeñas se acomoden en el espacio vacío
entre las grandes. Cuando hubo hecho esto preguntó una vez más:
¿Está
lleno este jarro?, Esta vez el auditorio ya suponía lo que vendría y uno
de los asistentes dijo en voz alta: ¡Probablemente no!.
Muy
bien contestó el expositor. Sacó de debajo de la mesa un balde lleno de
arena y empezó a echarlo en el jarro. La arena se acomodó en el espacio
entre las piedras grandes y las pequeñas. Una vez más preguntó al
grupo:
¿Está
lleno este jarro? Esta vez varias personas respondieron a coro: ¡No!.
Una
vez más el expositor dijo: ¡Muy bien!, luego sacó de debajo de la mesa
una jarra llena de agua y echó agua al jarro hasta que estuvo lleno hasta
el borde mismo. Cuando terminó, miró al auditorio y preguntó:
¿Cuál
creen que es la enseñanza de esta demostración?.
Uno
de los espectadores levantó la mano y dijo: La enseñanza es que no
importa que tan lleno está tu horario, si de verdad lo intentas, siempre
podrás incluir más cosas.
¡No!,
replicó el expositor, esa no es la enseñanza. La verdad que esta
demostración nos enseña es: Si no pones las piedras grandes primero, no
podrás ponerlas en ningún otro momento.
Recuerda
poner estas piedras grandes primero o no encontrarás un lugar para ellas.
Había
dos niños que patinaban sobre una laguna congelada.
Ruth miro en su buzón del correo, pero solo había una
carta. La tomo y la miro antes de abrirla, pero luego la miro con mas
cuidado. No había sello ni marcas del correo, solamente su nombre y
dirección. Leyó la carta:
"Si, bueno, si señora, entiendo. Gracias de todos
modos."
El aire todavía estaba frío, pero aun sin su abrigo, Ruth
no lo noto.
A
los 5 años, aprendí que a los pececitos dorados no les gustaba la
gelatina.
A
los 8, aprendí que mi padre podía decir un montón de palabras que yo no
podía.
A
los 9, aprendí que mi profesora sólo me preguntaba cuando yo no sabía
la respuesta.
A
los 10, aprendí que era posible estar enamorado de cuatro chicas al mismo
tiempo.
A
los 11, aprendí que mis mejores amigos eran los que siempre me metían en
líos.
A
los 12, aprendí que, si tenía problemas en la escuela, los tenía
mayores todavía en casa.
A
los 13, aprendí que, cuando mi cuarto quedaba del modo que yo quería, mi
madre me mandaba a ordenarlo.
A
los 15, aprendí que no debía descargar mis frustraciones en mi hermano
menor, porque mi padre tenía frustraciones mayores y la mano más pesada.
A
los 20, aprendí que los grandes problemas siempre empiezan pequeños.
A
los 25, aprendí que nunca debía elogiar la comida de mi madre, cuando
estaba comiendo algo preparado por mi mujer.
A
los 28, aprendí que se puede hacer, en un instante, algo que te va a
hacer doler la cabeza la vida entera.
A
los 30, aprendí que cuando mi mujer y yo teníamos una noche sin chicos,
pasábamos la mayor parte del tiempo hablando de ellos.
A
los 33, aprendí que a las mujeres les gusta recibir flores, especialmente
sin ningún motivo.
A
los 34, aprendí que no se cometen muchos errores con la boca cerrada.
A
los 36, aprendí que existen dos cosas esenciales para un buen casamiento:
cuentas bancarias y baños separados.
A
los 38, aprendí que, siempre que estoy viajando, quisiera estar en casa;
y siempre que estoy en casa me gustaría estar viajando.
A
los 39, aprendí que puedes saber que tu esposa te ama, cuando sobran dos
croquetas y elige la menor.
A
los 41, aprendí que nunca se conoce bien a los amigos, hasta que se
comparten vacaciones.
A
los 42, aprendí que, si estás llevando una vida sin fracasos, no estás
corriendo los suficientes riesgos.
A
los 44, aprendí que puedes hacer a alguien disfrutar el día, con solo
enviarle una pequeña postal.
A
los 46, aprendí que la calidad del servicio de un hotel es directamente
proporcional al grosor de sus toallas.
A
los 47, aprendí que niños y abuelos son aliados naturales.
A
los 49, aprendí que, si cuidas bien de tus empleados, ellos cuidarán
bien de tus clientes.
A
los 51, aprendí que sólo llego tarde al trabajo cuando mi patrón llega
temprano.
A
los 54, aprendí que el objeto más importante de un escritorio, es la
papelera.
A
los 55, aprendí que es absolutamente imposible tomar vacaciones sin
engordar cinco kilos.
A
los 63, aprendí que es razonable disfrutar del éxito, pero que no se
debe confiar demasiado en él.
A
los 64, aprendí que la mayoría de las cosas por las cuales me he
preocupado nunca suceden.
A
los 66, aprendí que las personas que dicen "el dinero no es
todo", generalmente tienen mucho dinero.
A
los 67, aprendí que si esperas a jubilarte para disfrutar de la vida,
esperaste demasiado tiempo.
A
los 71, aprendí que nunca se debe ir a la cama sin resolver una pelea.
A
los 72, aprendí que, si las cosas van mal, yo no tengo porqué ir con
ellas.
A
los 76, aprendí que envejecer es importante, si eres un queso.
A
los 91, aprendí que te amé menos de lo que hubiera debido. A los 92, aprendí que todavía tengo mucho para aprender.
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