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Hoy, como otras veces en los
últimos 20 años he viajado a Japón, con las mismas ansiedades de siempre,
los mismos deseos, las mismas ilusiones. Como tantas otras veces no he
dejado de sorprenderme. Como siempre no he podido sustraerme al hecho
consumado de que las artes marciales son parte de la vida cotidiana, no
solo un modo de vida específico y particular, sino parte de la vida misma.
Comenzando con los niños que desde el primer grado de la escuela
primaria se inician en Kendo y si pasan de grado pasan de kyu, pues las
artes marciales también forman parte del sistema educativo. Pasando por
los secundarios y terciarios, cada uno con un sistema de entrenamiento
característico de su nivel. Luego se reciben de lo que sea que hayan
estudiado y paralelamente a sus profesiones u ocupaciones continúan
practicando. La meta hasta aquí, obviamente, no es la graduación, pues la
sola mención de la categoría haría risible cualquiera de las aspiraciones
de quienes piensan que con un cinturón negro llegaron a algo, y apenas son
actores en el imperio de las apariencias.
El sistema de graduaciones por Kyu y Dan no es exclusivo de las artes
marciales, sino que es un sistema de graduaciones natural de la cultura
japonesa, inherente además a diferentes expresiones artísticas; por
ejemplo, mi esposa es 2º Dan de Shodo (caligrafía japonesa), mi suegro es
5º Dan de Go (especie de ajedrez oriental).
La mayor parte del tiempo estuve en el Raimeikan Dojo de mi Sensei Goki
Saito (7º Dan de Kendo y de Iaido). Este Dojo y sus integrantes, a los que
aprecio profundamente, me acogieron hace tantos años atrás cuando decidí
ir a vivir a Japón y aprender el verdadero Kendo y el Iaido.
Me enseñaron sobre las artes, la historia, el idioma, las costumbres y la
idiosincrasia del pueblo japonés, pero por sobre todo la entrega, la
dedicación, la voluntad, la lealtad y la humildad que conllevan el
tránsito del camino del Bushido, pues éste es un camino que tiene
principio pero no tiene final, es transitar el camino por el camino mismo.
He visto a las madres que llevan a sus hijos desde los 5 o 6 años de edad
y les ayudan a vestir el Kendo-gi (vestimenta de Kendo), aprenden junto a
ellos a ponerse el Bogu (armadura) y participan entusiastamente de las
actividades del Dojo, ya que en definitiva un Dojo es una gran familia, un
clan.
Visité diferentes Dojos, invitado por viejos y queridos maestros.
Hikotaro Ichikawa Sensei, 9º Dan, me invitó a entrenar en un Budokan en
cuya práctica participaban desde universitarios hasta 7º y 8º Danes, donde
pude apreciar que los ataques hacia un 9º Dan eran tan efectivos como la
picadura de un mosquito en un elefante.
Al día siguiente fui a una universidad a participar del Kangeiko
(práctica especial de invierno), desde las 5 hasta las 8 de la mañana, a
partir de lo cual los universitarios continúan con su jornada de estudios.
Un Sempai, Hidemitsu Shimada, me llevó a practicar al Dojo de una empresa
cuyos ejecutivos son 5º y 7º Danes. Ellos montaron un Dojo dentro de la
misma empresa y cuando terminan sus labores van a entrenar. Ahí concurren
maestros con los que normalmente es difícil lograr practicar.
Otro estimadísimo maestro 9º Dan de Kendo y de Iaido, Tadatoshi Haga
Sensei me invitó a una práctica que nunca había presenciado, llamada
Tachigiri-geiko. En esta práctica especial los "Motodachi", que podríamos
traducir como "receptores de ataques", se ubican en el centro y los
atacantes frente a cada uno de ellos. Cada combate dura 3 minutos y la
práctica completa dura 3 horas, es decir que cada Motodachi realiza 60
combates.
Durante estas 3 horas no les está permitido detenerse bajo ningún
concepto, no pueden ir al baño ni tomar agua y en caso de que se les
afloje o desacomode el equipo, alguien se encarga enseguida de
ajustárselo. Los atacantes en cambio, en este caso hubo 17 por cada
Motodachi, luego de cada combate podían descansar hasta que les tocase
nuevamente su turno de atacar.
Prácticamente vale todo, golpes, empellones, barridas, etc., además por
supuesto de todo lo que se ve normalmente en un entrenamiento de Kendo,
pero mucho más potente. Al principio se puede observar una excelente
performance de ambas partes, es decir atacados y atacantes.
Comienza a pasar el tiempo y los combates se repiten en una sucesión
interminable y con la misma intensidad. Al cabo de la primera hora se
puede ver una variación en los modos de reacción, buscando salir a los
flancos ante los ataques frontales ya que los atacantes tratan de
cortarlos y llevárselos por delante con Tai-atari (choque de cuerpos),
intentando desestabilizarlos, tras lo cual repiten el ataque.
A partir de la segunda hora se pueden observar los primeros signos de
deterioro físico ya que las piernas no responden como al principio y los
brazos cada vez pesan más. Los atacantes siguen utilizando técnicas de
choque y al llegar al cuerpo a cuerpo también aplican "De-ashi-barai" o "ashi-garami"
y hasta se traban en lucha intentando algunas técnicas de estrangulación e
inclusive arrancarles la máscara, lo que en la antigüedad hubiera
implicado la decapitación.
En una de estas luchas a uno de los Motodachi se le salieron los Kote
(guantes), la contractura muscular y tendinosa de manos y antebrazos era
tal que no podía volver a ponérselos por sus propios medios, los dedos y
las manos se le habían cerrado, agarrotados, en la posición de tomar el
arma. Entre dos ayudantes tuvieron que abrirle las manos para volver a
ponerle los guantes, tras lo cual se le volvieron a cerrar, por lo tanto
no podía tomar el arma, no hubo otra manera que introducir el Shinai por
el hueco formado en cada mano. Esta operación no duró más de 1 minuto,
tras lo cual continuó el combate.
A medida que se acerca el final de las 3 horas uno se pregunta hasta donde
aguantarán sin derrumbarse, qué es lo que los empuja a llegar hasta el
final; y es allí donde la cosa se aclara, pues aunque parezca mentira al
cabo de 3 horas ininterrumpidas los Motodachi continúan los combates
atacando y anticipando, ya no hay fuerzas, solo la quintaesencia de años
de aprendizaje y entrenamiento, es el triunfo del espíritu por sobre todo.
Por ello ante cada ataque efectivo de los Motodachi el público presente
estalla jubilosamente en una oleada de aplausos y al grito de ¡Banzai!. Es
el logro del objetivo del Kendo, el triunfo del espíritu por sobre el
cuerpo y la mente.
Mientras vuelo a más de 10.000 metros de altura pienso en tantas
personas de diferentes disciplinas que por el hecho de haber estado unos
meses en Japón por primera vez en sus vidas
sienten haber tocado el cielo con las manos y se comportan con los demás
como si así lo hubieran hecho, o los que por ostentar tal o cual categoría
tratan a otros con desdén, producto de su soberbia e ignorancia.
En el sosiego y el descanso, después de todo lo acontecido, me tomo el
tiempo que me impone el largo regreso a Buenos Aires reflexionando
profundamente en que hoy como otras veces vuelvo de Japón, con las mismas
ansiedades, los mismos deseos, las mismas ilusiones, y hoy como otras
veces no siento en absoluto haber tocado el cielo con las manos, sino
simplemente, haber puesto los pies sobre la tierra.

Relato de Sensei Oscar Cirone, Febrero de 1994
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